El acoso es una forma de relacionarse a través de avergonzar y dominar a la víctima, proyectando en ella lo negativo de que el acosador desea librarse y convirtiéndola en despreciable y merecedora de ataques y humillaciones.
El hecho de que ningún compañero del grupo haga nada para evitarlo puede hacer que el acosador se sienta legitimado en su acoso y esta pasividad del entorno contribuye a aumentar el daño a la víctima.
El observador pasivo ejerce como un tercero en la escena interpersonal, adoptando un rol fundamental para la pervivencia del acoso.
Por ejemplo, podemos redefinir el acoso escolar desde una perspectiva triádica.
Los roles de los participantes pueden ser vistos desde esta perspectiva, como representando un proceso disociativo.
En este proceso, la víctima queda claramente disociada del grupo en el papel del otro, un papel que se introyecta tras la proyección del acosador.
La posición de los observadores se describe como la de quien no se responsabiliza y, en consecuencia, la culpa recae en los demás.
Cuando el bullying se da en la escuela o en el lugar de trabajo, los compañeros juegan un papel fundamental como facilitadores de la violencia o como protectores.
Un excelente programa de prevención puede consistir en intervenir en los compañeros de la víctima, llevándolos a reconocer los elementos disociados como parte de ellos mismos, e interrumpir así los procesos disociativos y fragmentadores, que forman parte del proceso defensivo.
Este trabajo con el grupo transforma las proyecciones en una comunicación respetuosa y altruista.
La mayor parte de la literatura existente sobre la materia ha documentado las consecuencias negativas a corto plazo de la victimización entre iguales en las escuelas y, aunque un estudio reciente ha demostrado que sus efectos sobre la salud mental, en forma de ansiedad, depresión e ideas suicidas, persisten hasta la edad adulta, la investigación sobre estos efectos a largo plazo es muy limitada.