Una de esas en las que no te quieres equivocar porque es realmente importante. Sin embargo, si nos fijamos bien, nos pasamos el día tomando decisiones: qué ropa me pongo hoy, qué preparo para cenar, qué móvil me compro, etc. De éstas, tenemos muchas y resultan agotadoras, muchas veces por la cantidad de opciones que tenemos para elegir. Las decisiones difíciles son aquellas en las que no existe una clara opción buena y otras malas. Cada posibilidad tiene ventajas e inconvenientes, o cosas que nos gustan y cosas que no nos gustan… Aquí nos encontramos con decisiones relativas a qué profesión quiero desempeñar, dónde quiero vivir, con quién, cómo… pero también se pueden convertir en decisiones difíciles temas cotidianos como qué estilo de vida quiero llevar, qué tipo de comida, si hago o no deporte, etc. De modo que, un aspecto fundamental cuando tenemos que tomar una decisión difícil, una decisión en la que no hay una clara opción mejor que las demás, en estos casos, tenemos que pararnos y poner sobre la mesa nuestros valores personales. Esos que nos definen como persona y que no se puede juzgar si son buenos o malos porque para cada uno es diferente y por tanto tendrá sus propios valores. La vida no es estática, no se para, está en constante cambio, y nosotros podemos elegir cómo afrontar esos cambios en función de las decisiones que tomemos, o corremos el riesgo de que nos paralice el miedo y nos estanquemos. Sabemos utilizar estrategias racionales para decisiones racionales y sabemos que debemos tener nuestros criterios de valores para las decisiones difíciles, entendiendo que así tenemos la gran oportunidad de elegir qué tipo de vida queremos llevar.