Si una dinámica lúdica, o un juego, les entrega la oportunidad de sentir alegría, asombro, calma, ansiedad, diversión o frustración, todas esas emociones son procesadas en un contexto que permite responder desde el ensayo y error, en un contexto seguro y espontáneo para ellos.
La experiencia de intervención en infancia nos entrega el respaldo de que el juego, es un campo orgánico y natural donde los niños y niñas se desenvuelven con todo su potencial, fluyendo en su desarrollo y absorbiendo los aprendizajes experimentados.
Aquel espacio de juego se convierte en pista de probar lo aprendido, de regular emociones nuevas y de observar las emociones de los otros.
La regulación emocional es un aspecto crucial para el desarrollo integral, donde el juego emerge como una herramienta para este proceso.
A través de experiencias lúdicas, permitimos que la exploración, desarrollo de habilidades, comprensión y gestión de las emociones, sea de forma saludable.
La autorregulación emocional sienta las bases para un crecimiento emocional resiliente y equilibrado a lo largo de la vida.
La adquisición de las habilidades para lograr una autorregulación emocional requiere atravesar emociones que se ven influenciadas y reguladas por otros sistemas del funcionamiento humano, como lo son nuestras características biológicas, ambientales, culturales y socioeconómicas.
Inclusive, es parte de lo que se considera “inteligencias humanas”, poder identificar nuestras emociones y ponerlas al servicio de la resolución de problemas, de la toma de decisiones, de la planificación de nuestros objetivos, pero también de cómo experimentamos el goce y la diversión, influyendo en la calidad de vida.
Entender nuestras emociones y poder identificarlas, influye en la calidad de vida.