El estrés en los niños se manifiesta de dos formas: los síntomas se pueden interiorizar, es decir, ser más emocionales, o pueden exteriorizarse, mostrando conductas perceptibles. Cuando un pequeño interioriza el estrés, puede estar muy distraído, porque está enfocado en aquello que le preocupa. También, el menor estresado puede ser muy callado, y sólo pensamos que no es problemático, pero es tanta la inhibición que no tiene amigos y no se comporta como niño. En cambio, cuando el estrés se exterioriza, los pequeños están muy irritables constantemente, se enojan fácilmente, se pelean con hermanos, maestros o con los padres. El niño incluso puede sentirse agredido en una situación tan normal como cuando el papá le pida que acomode su mochila; pero, en realidad, no siente molestia por hacer la mochila, sino que está tan enfocado en aquello que le preocupa, que explota y salen cuestiones de agresividad. Otros síntomas que pueden presentar son dificultades para dormir, fatiga, dolores de cabeza frecuentes, morderse las uñas, enroscarse el pelo o mover la pierna de forma compulsiva, dificultad para concentrarse, apatía, pasividad, tristeza, bajo rendimiento escolar y regresiones a etapas que ya había superado.