Para controlar la ira y gestionar nuestros accesos de rabia, podemos tener en cuenta lo siguiente:
Ejercitar la disculpa.
En primer lugar, tenemos que asumir nuestra responsabilidad cuando nos exaltamos y hacernos responsables de nuestras propias conductas.
Saber -y practicar- la disculpa es fundamental.
Ser asertivo.
En ocasiones la respuesta de ira nos llega tras haber callado repetidamente una crítica hacia otra persona.
Si deseo que otra persona modifique algún comportamiento, este deseo no se cumplirá si no se lo hacemos ver a la otra persona.
Detectar los primeros indicios de ira, tales como respiración agitada, ceño fruncido, labios apretados o puños fuertemente cerrados… y alejarnos temporalmente de la situación que nos hace enfurecer.
Ajustar el grado de control que nos demandamos sobre las situaciones.
Percibir que el control de los acontecimientos está en nuestra mano es, en general, un factor importante para la gestión de nuestro estrés.
Nos impulsa a afrontar las dificultades en lugar de quedarnos de brazos cruzados.
Sin embargo, tratar de controlar todas las situaciones, incluidas las que no están bajo nuestro control, es la causa de prácticamente todas nuestras reacciones de ira o rabia.
Entender, por ejemplo, que nosotros no podemos hacer que cambie la forma de ser, de pensar y actuar de los demás.
O saber que no podremos evitar ciertas situaciones o personas que nos irritan.
Asumir que ciertas circunstancias no dependen de nosotros, y centrar nuestros esfuerzos en afrontar lo modificable es fundamental para el control de la ira.
Si necesita la ayuda de un profesional para poner en práctica estos consejos no dude en ponerse en contracto con un psicólogo clínico.