En una sesión de arteterapia se ofrecerán libremente diferentes materiales de expresión artística como pinturas de cera, acuarelas, lápices de colores, plastilina, arcilla, telas, instrumentos musicales… Las sesiones pueden ser individuales o grupales, dependiendo del problema a resolver, o de la opinión del arteterapeuta, que lo valorará en una entrevista personal previa. Las siguientes suelen durar una hora, u hora y media, y se dividen en tres partes: Bienvenida, Desarrollo de la sesión y Autoevaluación. En la revista Inspira, publicada por la Asociación Profesional Española de Arteterapeutas, se refieren a las sesiones “como un lugar de silencio, escucha e introspección. Lugar para conectar con lo más íntimo a través de la realización de obras y de la puesta en palabras, en diálogo o con el grupo, y con el terapeuta”. La sesión tiene que desarrollarse en un ambiente relajado donde las personas no establezcan conversaciones, para disparar la abstracción y concentración en la propia obra. Durante el proceso creativo surgirán dificultades a las que el paciente se va a enfrentar y que permitirán analizar cómo salió de esa situación –buscando una solución alternativa, persistiendo, abandonando…–, lo que llevará a la persona a un constante proceso de reflexión acerca de cómo enfrentarse a los problemas. Terminado el trabajo se debe valorar la obra para invitar al paciente a la reflexión consciente de su inconsciente, sobre cómo se ha sentido, qué le ha gustado más, qué le ha costado especialmente. Eso sí, siempre sin juzgar ni interpretar su obra, ni obligar a hablar a quien no se sienta cómodo, ya que solucionar aquello que resulta traumático no sucede milagrosamente en una hora y media, sino que es un proceso más lento.