No pasó mucho tiempo antes de que se llegara a un acuerdo sobre la división en tres etapas que, según el pseudo-Dionisio, podrían llamarse la vía purgativa, la vía iluminativa y la vía unitiva, o, según Agustín, los principiantes, los que progresan y los perfectos. Estas etapas se basan en la tripartición de la persona humana en cuerpo, alma y espíritu, e indican un ascenso del hombre hacia Dios durante el cual se "espiritualiza". La vía purgativa de los principiantes. La vía iluminativa de los que progresan. La vía unitiva de los perfectos. La idea central es describir cómo la persona, poco a poco, llega a tal unión con Dios que puede decir, con Pablo: "Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí". Juan de la Cruz y Teresa de Ávila utilizaron símbolos llamativos para poner imágenes a las etapas de un viaje. El castillo interior de Teresa se refiere directamente a la construcción interior de la persona, indicando las etapas, las moradas, que son otras tantas balizas en el camino hacia uno mismo. Juan de la Cruz, por su parte, habla de noches: la noche de los sentidos se refiere a este desprendimiento inicial de nuestros impulsos elementales, la noche oscura indica el desprendimiento más fundamental del que vive como seguidor de Cristo: debe, como él, aceptar estar en la noche, no "sentir" ya la presencia de Dios, perder a Dios por Dios. Esta noción de etapas en la vida espiritual exige cuatro observaciones: en primer lugar, la vida espiritual no es lineal. No podemos decir que alguien está en esta o aquella etapa.