Saber decir NO a tiempo es importante. Porque nos permite ser los dueños de nuestra vida, poner límites y no ceder a manipulaciones ni chantajes. Aprender a decir no para establecer límites. Desde el punto de vista emocional, dar una negativa está muy relacionado con el respeto. Sin embargo, decir «no», nos ayuda a poner y definir límites. La clave está en la asertividad. Aprender a decir no, está muy relacionado con la asertividad. Una habilidad de la que he hablado en anteriores post y te animo a volver a leer a raíz de este tema. Si recordamos, ser asertivo es «saber comunicar nuestros derechos, expresar nuestras opiniones y hacer sugerencias de forma clara y honesta. Respetando a los demás y, sobre todo, respetándonos a nosotros mismos». Cuando somos asertivos entendemos que los derechos de los demás están a la misma altura que los nuestros. Y, desde ahí nos atrevemos a comunicarlos de una forma amable, directa y sin rodeos. Que alguien nos pida algo no quiere decir que estemos obligados a decir que sí. Ayudar a quien lo necesita nos hace sentir bien. Pero, siempre que lo hagamos encontrando un equilibrio entre ellos y nosotros. Porque, una cosa es ayudar y otra dejar que se aprovechen de nosotros. Y, si te cuesta trabajo, recuerda que como cualquier habilidad, la asertividad se aprende. Empieza practicando con pequeños detalles. Por ejemplo, di «no» a cosas que no sean muy importantes y poco o poco irás viendo que no pasa nada. Esas consecuencias negativas que imaginabas suelen estar magnificadas. Y, en contraposición, empezarás a sentirte bien. Porque puedes hacer lo que quieres porque quieres. Y no por estar obligado a ello. Por no saber negarse a las peticiones de los que la rodean, terminaba haciendo cosas que no deseaba o que la hacían posponer sus necesidades en función de las ajenas. Con frecuencia, pensamos que «decir no» a las demandas o sugerencias de los demás nos convierte en malas personas o egoístas. No es cierto. En ningún caso, se trata de decir que no sistemáticamente. Sino de encontrar un equilibrio entre nuestras necesidades y las de los que nos rodean. El problema surge cuando no nos atrevemos a poner esos límites por miedo a dañar. Y, al final, resultamos dañados nosotros. Porque, la persona que no pone límites, se convierte en el contenedor de basura del resto. ¡Desde aquí te aviso! Cuidado con el miedo a dañar y la necesidad de complacer. Es verdad que podemos haber sido educados para complacer y agradar a las personas y pensamos que si no lo hacemos, el otro sufrirá o se enfadará con nosotros. Sin embargo, la realidad es que hacer esto nos lleva irremediablemente a perdernos el respeto. Deja entrar en nuestra vida a invasores y nos impide ser asertivos. El resultado es una gran sensación de frustración, impotencia y rabia. Por no haber sido capaces de respetar nuestros valores, nuestros deseos y nuestras decisiones. Por ese motivo… queda prohibido sentirse culpable por poner un límite. ¿De verdad te sientes culpable por ponerlos para que refuercen el respeto por ti y ayuden a los demás a no ser invasivos? Cuando actuamos en base a nuestros valores y principios y, tomamos una decisión, no queda espacio para la culpa. Valoramos y amamos porque respetamos. Y a quien más respetamos es a quien sabe poner límites y decir «no».