La principal diferencia entre estos dos tipos de mentalidades es la actitud que la persona, pero va un paso más: es también la voluntad de mejorar, el deseo de crecer, el aprendizaje contínuo. La inteligencia de los individuos no está dada de forma genética, sino que se construye sostenidamente en el tiempo. Por lo contrario, es moldeable, se transforma y se alimenta de la apertura y de la ambición que cada persona está dispuesta a dar para lograr un objetivo.
Los que piensan que sus capacidades son innatas creen que tienen una inteligencia fija (mentalidad fija). Otros creen que el fruto de sus talentos y habilidades se relaciona con el aprendizaje, la formación y la resiliencia, entendiendo a los anteriores como un “incremento” de la inteligencia (mentalidad de crecimiento).
Un ejemplo claro de lo anterior es la reacción de las personas frente al fracaso. Los individuos con mentalidad fija temen el fracaso porque, para ellos, es una declaración negativa en sus capacidades y les genera angustia o frustración. En cambio, los individuos con mentalidad de crecimiento lo perciben como un aprendizaje más porque se dan cuenta de su profundo valor y puede servirles para construir a futuro.