Intentar complacer siempre a los niños y evitar que se sientan frustrados ante cualquier situación, no favorece su desarrollo integral como persona, ya que cuando sean adultos tendrán que enfrentarse a circunstancias tanto de éxito como de fracaso.
Hay que evitar inquietarse y gritarles, cosa que hace que este sentimientos de los niños aumenten y pueden ceder ante sus rabietas.
Debemos valorar si puede que esté cansado o tenga hambre.
Tenemos que ver qué le provoca el llanto.
Si son demandas que no podemos resolver o pensamos que no son adecuadas, debemos ayudarle a entender que tiene que esperar o que lo que pide no es posible.
Si le ofrecemos una solución alternativa, le ayudaremos a calmar el sentimiento de frustración.
Debemos escuchar las demandas y el enojo, pero no siempre dar lo que piden para evitar el malestar del niño y lo que nos provocan.
Es importante tener en cuenta que se debe pedir ayuda a un profesional cuando la tolerancia a la frustración es tan baja que le repercuta en el día a día.
Permitirles equivocarse y aprender de sus errores.
No resolverles todas las dificultades para evitar que se frustren ni darles todo hecho.
Ayudarles a expresar las emociones que se derivan de la frustración, poniendo en palabras lo que sienten y dando espacio al enojo.
Ayudarles a pensar que puede aprender de aquella situación, y lo que puede hacer a partir de ahora.
Mostrarles caminos alternativos y soluciones de forma que no se queden anclados en la queja.
Dar ejemplo: la mejor forma para que los hijos vean que los problemas se pueden solucionar, es la actitud positiva de los padres a la hora de afrontar sus propios conflictos.
Hay que marcarle objetivos realistas, no intentar que se afronte a situaciones que, por su edad o madurez, sea incapaz de superar.
Mostrarle que no existe aprendizaje sin frustración: Es equivocándose que uno aprende.