Son conscientes de sus fortalezas, pero también de sus limitaciones: tienen un alto nivel de autoconocimiento y ello les ayuda a gestionar las emociones, principalmente en momentos complicados o dolosos.
Son empáticas: tienen la capacidad de ponerse en el lugar de la otra persona con relativa facilidad, lo que les facilita la relación e interacción con otros, algo fundamental para sentirse arropado cuando son ellas las que necesitan apoyo.
Están presentes en el aquí y el ahora: la vivencia más importante para estas personas es la del presente pero, a la vez, son capaces de aplicar los aprendizajes del pasado y de prever las necesidades fundamentales para abordar el futuro de la mejor manera posible.
Asumen las dificultades como oportunidades para crecer: entienden que las crisis o los momentos difíciles pueden suponer una oportunidad para implementar cambios que mejoren su proyección futura.
Tienen esperanza y optimismo: por difícil que sea el momento actual, mantienen la esperanza en el futuro y se muestran optimistas.
La resiliencia se construye a partir de la vivencia del sufrimiento emocional y nos ayuda a mantener o mejorar la estabilidad mental ante las situaciones vitales estresantes.
Es importante tener claro que no son las situaciones en sí mismas las que definen las emociones, sino la valoración personal que hacemos de cada situación.
A menudo no podemos modificar las situaciones, pero sí podemos aprender a modificar la forma cómo nosotros las interpretamos, como hacen las personas resilientes.
Algunos atributos personales favorecen la resiliencia, por ejemplo, la autoestima, la capacidad para resolver problemas o la competencia social.
También la favorecen los apoyos familiares y sociales con los que contamos.
Además, una actitud positiva también propiciará nuestro bienestar y capacidad de superación.