Tener un hijo es una de las experiencias más bonitas e intensas que podemos vivir, pero no podemos negar que la crianza requiere mucha energía y que en algunas ocasiones, nos conduce a unos niveles de estrés elevados. Desde que aparece la primera rayita en el test de embarazo comienza el tsunami emocional, en el que la felicidad se mezcla con el miedo a no ser capaces de asumir tal responsabilidad. De pronto nos vemos con un bebé en nuestros brazos absolutamente dependiente de nuestros cuidados y necesitado de un amor incondicional y conscientes, a medida que crecen, de no ser capaces de llegar a todo.
Padres de hijos adolescentes advierten de que lo realmente complejo llega más tarde. Y así nos pasamos cada etapa pensando que la crisis de la lactancia, los terribles dos años, las rabietas, los deberes… son lo más difícil que podemos encontrar en la maravillosa tarea de ser padres.
Muchos otros factores lejos de las emociones y el querer condicionan sobremanera y dificultan tener hijos: la conciliación laboral, los horarios de trabajo, la escasa baja de maternidad y paternidad, la invisibilidad de la labor de los cuidados, la maternidad y paternidad tardía,… y así podríamos llegar a una lista interminable de factores sociales que intervienen haciendo de la crianza una práctica compleja.
Un nivel elevado de auto exigencia, que acaba con cualquiera, cuando lo que realmente necesitan los niños NO son padres perfectos sino padres felices.
Aceptar que las cosas saldrán mal. No siempre funciona lo mismo con los niños ni todas las veces que lo intentamos.
Nos equivocamos, somos humanos. Consideremos cada error siempre como una oportunidad de aprendizaje, este es el mejor mensaje que podemos trasladar a nuestros hijos.
Pidamos ayuda si es necesario, para poder volver a reconectar con uno mismo y con la pareja, buscar nuestro espacio. Cuidarse no es egoísmo ¡es una necesidad!
Intentemos des estresarnos involucrando a todos los miembros de la familia. Con la colaboración de todos.
Y por último, soltemos ese sentimiento de culpa que a veces nos golpea sin medida a los padres y no nos permite disfrutar de nuestros hijos.