Estrés, soledad, tristeza, ansiedad, insomnio…son algunos de estos efectos que, a nivel emocional, en mayor o menor medida, hemos experimentado. En pleno confinamiento, más que nunca, añorábamos la naturaleza. Pasear, explorar nuestros entornos naturales, montes, parques y costas. En las primeras escapadas de “libertad”, el medio ambiente fue nuestro refugio. Esos primeros paseos por el bosque o por la playa nos hicieron sentir en libertad y despertaron en nosotros intensos sentimientos de felicidad y paz interior. Ahora más que nunca necesitamos recurrir al contacto con la naturaleza para reencontrar nuestro equilibrio emocional, para volver a retomar la “Vida”. Los entornos urbanos mal planificados, con sistemas de transporte insostenibles y la falta de acceso a zonas verdes, aumentan la contaminación atmosférica, el ruido y el calor, reducen las oportunidades de realizar actividades físicas, provocando un impacto negativo en la salud física y mental de las personas. La evidencia científica muestra una asociación emergente entre ciertos contaminantes del aire y una serie de resultados de salud mental, incluyendo la depresión, la ansiedad, la psicosis, la demencia, el desarrollo cognitivo infantil. Los principales resultados del documento señalan que pasar tiempo en la naturaleza ayuda a reducir la ansiedad, la depresión y la soledad, mientras que la falta de espacios verdes se asocia a un aumento de los síntomas. Resulta prioritario en aras al cuidado del medio ambiente y de la salud de la ciudadanía, impulsar iniciativas basadas en la naturaleza, para regenerar las ciudades promoviendo bosques urbanos, parques y jardines, granjas urbanas, calles arboladas...generando verdaderos “pulmones” verdes en nuestras ciudades.