La naturaleza sustenta directa e indirectamente la vida humana: desde los alimentos que comemos hasta el combustible y las medicinas que necesitamos para sobrevivir, desde el aire y el agua limpios hasta un clima estable. Nuestras economías, nuestras sociedades, nuestras civilizaciones: la naturaleza las sustenta a todas. Por eso, si la naturaleza está amenazada, nuestra salud y nuestros medios de vida también corren peligro. Perder la naturaleza significa un futuro en el que el suministro de alimentos disminuye a medida que los cultivos se pierden a causa de plagas y enfermedades, o porque no hay insectos que los polinicen, o porque los suelos se han quedado sin vida. Un futuro en el que será difícil encontrar agua limpia. Donde los ecosistemas ya no absorben nuestras emisiones de carbono ni nos protegen de los fenómenos meteorológicos extremos. Muchas personas ya están teniendo un atisbo a ese futuro. La contribución de la naturaleza a las personas Los científicos utilizan términos como «servicios ecosistémicos» y «contribuciones de la naturaleza a las personas» para describir los muchos beneficios que recibimos del mundo natural y que a menudo damos por sentados. Aunque es imposible poner precio a la naturaleza, podemos hacernos una idea de cuánto valen para nuestra economía las contribuciones de la naturaleza a las personas. Según la UICN, la Unión Mundial para la Naturaleza, el valor monetario de los bienes y servicios proporcionados por los ecosistemas asciende a unos 33 billones de dólares al año. No es de extrañar que la pérdida de naturaleza y otros riesgos medioambientales, como el cambio climático y la escasez de agua, figuren sistemáticamente entre las mayores amenazas para la economía mundial. No podríamos comprar los servicios que tomamos de la naturaleza aunque quisiéramos. Sin embargo, la naturaleza nos lo proporciona todo gratuitamente. Sólo nos pide que la cuidemos a cambio.