Pero no del todo.
No le deseaba nada malo a mi ex, por supuesto, pero sencillamente le decía: “Que la vida no sea muy dura contigo.
Que te vaya bien.
Punto.
Que tu ex encuentre una pareja y sea feliz.
Pero no demasiado feliz, o por lo menos no de golpe.
Que sufra un poco, igual que lo hiciste tú, para que entienda un poquito lo que es pasar por ello.
Que le vaya bien en el trabajo, que lo mantenga por favor.
Pero que no tenga tanto éxito como para que se sienta totalmente realizado.
O al menos todavía no.
Porque las cosas cuestan, que a él le cuesten, como a todos.
Que esté bien, tranquilo y sin problemas.
Sobre todo por los niños, si los tenéis.
Y si no por él mismo también, claro.
Pero esa ya no es tu vida, ahí no te metes.
Que cada uno sostenga su vela; nadie dijo que esto sería fácil.
Un día algo empezó a cambiar para mí.
Es cierto que antes había tenido que enfrentarme a mi propio vacío, a la decepción y a la sensación de estar desconectada.
Lo que hizo “clic” pasó cuando practicaba una meditación concreta en la que envías buenos deseos a la gente; a la que quieres y a la que no quieres tanto.
Ese día, sentada en el cojín negro sentí algo diferente: “Que te vaya bien” – le deseé – “pero que te vaya bien… de verdad”.
“Que tengas una pareja que te acompañe y te quiera, que te dé bienestar y te ayude a tener tranquilidad.
Porque bastante amor te ha faltado en tu vida (incluido conmigo) y porque lograrlo en la pareja no es tan fácil.
Ojalá te sientas seguro y libre de preocupaciones y peligros.
Porque imagino que te vendrán problemas, como a mí.
Porque sé que tu vida, como la mía, es incierta y está llena de cambios.
Ojalá tengas salud y bienestar, tanto como te sea posible.
Porque tú, como todos nosotros, como yo, vas a envejecer, vas a enfermar y vas a morir.
Así que ojalá tengas todo esto y más.
Tanto como te sea posible.
Porque tú, como todos los demás, estás también a merced de la vida.
Y así me despedí.
Aliviada y contenta.
Convencida de que el cubito de hielo se derritió del todo.
O casi.