Una relación de pareja sana tiene que ser fácil. Está claro que, en una relación sana, también habrá conflictos, desavenencias, puntos de desacuerdo y discusiones, pero esto jamás nos tendría que alejar, si no al contrario. Si sabemos gestionar los puntos de desajuste de manera adecuada, nos vamos a hacer más fuertes como pareja y nos acercaremos cada día más. Dicho esto, una relación que funciona bien, debe tener los siguientes ingredientes presentes en su día a día.
Deseo. Ha de existir pasión, sexo y erotismo, necesarios en una relación, que generará momentos de intimidad y máximo acercamiento. Amistad. Nuestra pareja debería ser nuestro mejor amigo, con quien sintamos una confianza absoluta. Alguien con quien compartir, a quien admirar y en quien apoyarnos si es necesario. Un ser incondicional que se alegra de nuestros éxitos y nos abraza cuando nos sentimos desolados.
Propósito común. Debemos tener un propósito de vida en común, sentir que miramos hacia la misma dirección. Hacer planes, implicarnos, avanzar de la mano y ver que pasamos a la acción. Valores. Nuestros valores son nuestros principios básicos, aquello con lo que nos identificamos en la vida, que nos da sentido y dirección. En una relación, nuestros principales valores deberían coincidir con los del otro, ya que de no ser así, podéis estar seguros de que será motivo de discusiones tormentosas y que difícilmente llegarán a buen puerto. Compromiso. Implica cerrarse mentalmente a otras personas, poner todo de nuestra parte para que la relación funcione.
Y eso no significa tener que casarnos ni jurar delante de nadie que vamos a estar con él durante toda la vida, sino tener la seguridad de que el otro está ahí y que no va buscando consciente o inconscientemente a otra persona que nos sustituya. Percibir este compromiso en el otro irá fortaleciendo y aumentando la confianza entre nosotros, la cual es absolutamente esencial. Transparencia. Los secretos que afectan directamente a la relación de pareja no deberían ser aceptados. Cuando uno hace una pregunta, el otro debe responder en todos los casos, aunque no quiera profundizar en el tema en ese momento. El hecho de necesitar saber algo, y que el otro se encierre y no responda, genera en nosotros ansiedad y aumenta enormemente nuestra inseguridad.