Ponernos en el lugar del otro y tratar de entenderlo, entenderlo no supone dar la razón de forma automática, simplemente es comprender el punto de vista para tratar de acercar posturas, pues partimos del hecho de que nuestro objetivo es no tener problemas con nuestro hermano/a y para ello tendremos que establecer algún tipo de negociación. Es imprescindible ponernos en el lugar del otro. Es útil no romper la comunicación y seguir con el ritmo de llamadas aunque sea para otros temas diferentes, si se vuelve a sacar el tema de forma inadecuada, tratar de no discutir, escuchar y aplazarlo para otro momento en que ambos estemos menos alterados. También es útil introducir una tercera persona de confianza que neutralice la tensión de los primeros encuentros, para los cuales se pueden utilizar fechas en que la familia se suela reunir. Se debe ser especialmente cuidadoso en no olvidar fechas importantes para el otro. En definitiva, se trata de no hacer cambios en nuestro comportamiento hacia el otro por causa del conflicto, o que pueda ser malinterpretado. La resolución del conflicto dependerá de las características del mismo y de las personas implicadas, es decir de nuestra habilidad para solucionarlo. Lo mejor es tener claro qué es importante, saber explicar nuestros motivos personales controlando las emociones, no traer acontecimientos pasados al presente, no acusar ni culpar al otro del problema, no responder inmediatamente si algo no nos gusta, tratar antes de entender, aceptar las diferencias e incluso perdonar las salidas de tono del otro, escuchar y callar en muchas ocasiones para luego reflexionar y dar soluciones eficaces, no elevar nunca el tono de voz, ni insultar, pues el otro lo hará más, no utilizar etiquetas generales: “tú eres un/a…”, “siempre haces…”, “nunca puedo hablar contigo de…”.