Los motivos pueden ser muy variopintos, pero los más frecuentes se ajustan a problemas con el dinero, herencias, regalos, festividades, la relación de los adultos con los hijos pequeños, las parejas, las necesidades de los padres mayores, los celos.
Aunque estos son los motivos visibles de los enfados entre los hermanos, no es lo más importante, los verdaderos motivos pueden ser cada uno de los que se indican a continuación o una mezcla de varios de ellos, estos motivos son: la falta o dificultades en la comunicación, el poco respeto hacia el otro, el no entender y aceptar que el otro puede tener un punto de vista diferente, el no llegar a consensuar cómo resolver una responsabilidad común por no querer hacer ninguna cesión, el no saber decir no, de manera asertiva y sin agresividad verbal, el no saber ponernos en el lugar del otro, el no expresar nuestros sentimientos, el sentirnos culpables, el tener esquemas muy rígidos de funcionamiento mental, el tener una baja tolerancia a la frustración, etc.
Una vez se ha dado un problema de este tipo, lo mejor es darse un tiempo para reflexionar sobre nuestra postura y la del otro.
Es imprescindible ponernos en el lugar del otro y tratar de entenderlo, entenderlo no supone dar la razón de forma automática, simplemente es comprender el punto de vista para tratar de acercar posturas, pues partimos del hecho de que nuestro objetivo es no tener problemas con nuestro hermano/a y para ello tendremos que establecer algún tipo de negociación.
La resolución del conflicto dependerá de las características del mismo y de las personas implicadas, es decir de nuestra habilidad para solucionarlo.
En cualquier caso, lo mejor es tener claro qué es importante, saber explicar nuestros motivos personales controlando las emociones, no traer acontecimientos pasados al presente, no acusar ni culpar al otro del problema, no responder inmediatamente si algo no nos gusta, tratar antes de entender, aceptar las diferencias e incluso perdonar las salidas de tono del otro, escuchar y callar en muchas ocasiones para luego reflexionar y dar soluciones eficaces, no elevar nunca el tono de voz, ni insultar, pues el otro lo hará más, no utilizar etiquetas generales.