La confianza es la creencia en que una persona o grupo será capaz y deseará actuar de manera adecuada ante una determinada situación y pensamientos. Podríamos hablar de dos tipos de confianza en la relación entre padres e hijos. La confianza que cada uno tiene en sí mismo, en el caso de los adultos de referencia, cuánto y de qué manera crees en tus capacidades y habilidades para afrontar diferentes retos en la educación. Y, en el caso de vuestros hijos/as, cómo se perciben a sí mismos, y cómo de competentes son a la hora de valorar sus virtudes y limitaciones. La confianza en la otra persona, como personas adultas, si se entiende que los hijos/as tienen los suficientes recursos personales para salir airoso/a de situaciones de consumo. La confianza está estrechamente relacionada con el miedo, el miedo es una emoción necesaria para la supervivencia, es la primera alarma de que algo puede suponer un peligro. Si el miedo pesa más que la confianza, puede provocar que la relación se deteriore con el tiempo, afectando a la confianza que tienen en vosotros y la por otro lado, la que tienen en ellos mismos. Confiar, en definitiva, no significa tener la seguridad de que no lo va a volver a hacer, sino que, tú le has enseñado buenos valores y que los ha aprendido. La confianza significa también es creer en el trabajo que habéis hecho como figuras parentales, en los valores que habéis transmitido, en las enseñanzas familiares. Confiar es tener seguridad en el esfuerzo e implicación que has tenido desde que nacieron. Después de todo, si tú no confías en que pueden afrontar y salir airosos de determinadas situaciones, ¿quién lo va a hacer?