Rompiendo el silencio, poniendo palabras a los abusos sufridos, en un contexto de confianza y seguridad. Hablar, nombrar las heridas, compartir el dolor, desde la confianza de no saberse juzgado/a, ni cuestionado/a. Dar salida, desde el propio relato, a emociones como la rabia, la vergüenza, la culpa, la tristeza, el miedo… puede resultar liberador. Ponerle conciencia a ese peso, identificarlo y hablar de ello, ayuda a entender y a entenderse, y contribuye a ordenar emociones, que, de lo contrario, no dejan avanzar en el proceso de crecimiento personal. El vínculo con el/la terapeuta. La confianza, el trabajo conjunto, la experiencia y el saber hacer del/la terapeuta, son elementos clave. Sentirse sostenido/a, acompañado/a, escuchado/a, libre de cualquier juicio. Significar el abuso sexual infantil como tal. Realizar una aproximación al fenómeno del abuso sexual, entender las dinámicas de relaciones abusivas, identificar y expresar las emociones asociadas, identificar, poner conciencia, a las consecuencias y síntomas del abuso. Crear un plan de trabajo terapéutico único y singular para cada persona. Promover la construcción de procesos de sanación únicos, que respeten las necesidades y particularidades de cada persona. Haber aprendido a convivir con la herida. Haber aprendido a gestionar el dolor. Contar con herramientas y estrategias de afrontamiento cuando ese dolor vuelve a ser punzante, evitando así quedarse paralizado/a y no poder seguir con tu vida. Reconocer la propia fuerza, la capacidad de afrontamiento, la valentía. Ponerse en valor. Quererse, aceptar las limitaciones y reconocer los puntos fuertes. Luchar, haber enfrentado los miedos más profundos, los temores más vergonzantes, y plantarles cara cuando intentan asomar de nuevo. Pedir ayuda cuando se necesita.