El concepto de padres tóxicos no se limita a progenitores abusivos en el sentido tradicional —es decir, maltratadores físicos o psicológicos—, sino que abarca una serie de comportamientos dañinos que pueden afectar profundamente el bienestar emocional de los hijos. Estas conductas no siempre son intencionadas: en muchos casos, los padres no son conscientes del daño que causan. Pero los padres tóxicos pueden ser más sutiles. Otra característica habitual de estas personas es que sean unos manipuladores. Estos progenitores suelen utilizar tácticas como el chantaje emocional para controlar a sus hijos, a menudo haciéndose las víctimas para generar culpa. Este tipo de abuso emocional es particularmente nocivo porque crea una relación basada en la dependencia emocional y el temor a desagradar al padre o la madre. Otra ‘modalidad’ son los padres controladores: aquellos que, en lugar de fomentar la independencia y autonomía de sus hijos, los mantienen bajo una estricta supervisión y dirección. En el otro extremo, por último, están los padres negligentes, los que son permisivos en exceso, temerosos de imponer límites y enfrentar los conflictos que estos puedan generar. Esto lleva a una falta de estructura en la vida del hijo, que se traduce en descuido de sus necesidades emocionales, físicas y sociales.