Aunque resulte doloroso, informarles de los hechos lo antes posible, buscando un lugar y momento oportunos, con un lenguaje sencillo, con sinceridad y evitando detalles innecesarios. Es preferible que lo haga el padre o la madre o el familiar más cercano. Favorecer que expresen sus preocupaciones, sentimientos y preguntas. Evitar expresiones como «No estés triste» o «Tienes que ser valiente». Proporcionar atención y afecto, intentando su colaboración en el cuidado de personas importantes para ellos en caso de que los padres o cuidadores principales, temporalmente, no estén en condiciones de poder hacerlo debido a su propio proceso de duelo. Permitirles participar, con acompañamiento y si así lo desean, en aquellos gestos y rituales íntimos que la familia quiera llevar a cabo en recuerdo del ser querido, asociados o no al ritual funerario tradicional. Facilitar, siempre que sea posible, que reanuden las rutinas y actividades habituales. Evitar expectativas o responsabilidades excesivas. En general, la mejor manera de ayudar es acompañar a la persona, interesarnos por sus necesidades y respetar el tiempo que necesite. Hablar, compartir recuerdos y, a veces, incluso el llanto puede proporcionar un gran alivio.