Lactantes y Niños Pequeños: Debido a su extrema dependencia de la figura de apego principal, a que no cuentan con lenguaje para expresar lo que sienten o comprender el mundo y a que no existe aún la capacidad de “recordar” en el mediano-largo plazo, las visitas deberían ser cortas, pero más frecuentes y estables en la rutina de los hijos.
Las separaciones prolongadas con la figura de apego primaria suelen generar estrés, por lo que en términos generales no se sugiere pernoctación.
Niños más Grandes: A medida que el niño va ganando edad y amplía su vocabulario, crece en seguridad, comprensión del mundo, manejo emocional y autonomía.
La exploración de otras relaciones y del mundo, más allá de la figura primaria va cobrando fuerza e importancia en su desarrollo evolutivo.
En esta etapa las visitas pueden ser más largas y espaciadas.
Y, sin obligar y de forma paulatina, pueden incluir pernoctación.
Púberes y Adolescentes: Con la llegada de la adolescencia, los jóvenes empiezan a ensayar el adulto en el que quieren transformarse, luchando por espacios de autonomía.
Para ellos empiezan a ser muy relevantes las juntas con amigos, hobbys, deportes, etc.
El mundo fuera de la familia los llama y atrae.
Necesitan definir por sí mismos su identidad.
Pero a la vez esto resulta muchas veces difícil y angustiante, necesitando el refugio de su lugar seguro.
En esta etapa y aunque no lo digan, igualmente necesitan a sus padres: su cercanía y presencia emocional.