De 0 a 3 años, los menores no están preparados para entender la muerte y la enfermedad se entiende como algo que duele. De 3 a 5 años, aún no tiene claro el concepto de la muerte, lo interpreta como el abandono de los padres y su mente no la registra como un proceso radical e irreversible. A los 7 años ya está en la etapa escolar y empieza a conocer el funcionamiento del cuerpo, además relaciona la enfermedad con un virus o bacterias. Es consciente de la muerte y despierta interés por los velorios o entierros. Cuando se pierde una mascota, es una oportunidad excelente para iniciarle en esta formación, no es recomendable ocultar la muerte ni los rituales de despido. Finalmente, de los 8 a los 12 años el niño acepta que la muerte es un suceso irreversible, universal y que algún día va a suceder. Decirle que la muerte es inevitable y que todos mueren, plantas o insectos. Es normal que se encuentre triste y extrañe al ser querido. Permitirle llorar y expresar lo que necesite; estar disponible para el niño, siendo cariñoso y reconfortante. Hablar de la persona que falleció, de todo lo bueno que vivieron juntos, el evitarlo no beneficia nada. Si lo hablamos, el niño aprenderá a ver la muerte como una situación dolorosa, pero normal. Hablar de manera sencilla, simple y con verdad de acuerdo con la edad del niño. Es importante que el niño esté cómodo y se sienta acogido. De ello dependerá sus creencias sobre la muerte a lo largo de su vida.