La vida sexual en la vejez sigue cargada de prejuicios sociales.
Las mismas personas mayores muchas veces asumen el fin de su vida sexual a partir de cierta edad.
Es cierto que en la vejez se presentan una serie de cambios físicos y psicológicos que afectan a la forma de vivir la sexualidad, pero en ningún caso la anulan.
La emancipación de los hijos, la pérdida de amistades y familiares (o incluso de la pareja), la disminución del ritmo en la vida diaria y el deterioro físico pueden llevar al hombre o la mujer mayor a un estado de ánimo bajo que no ayuda al restablecimiento de la vida sexual.
Debemos entenderla como una sexualidad global, en la que se disfruta del todo el cuerpo, de la cabeza a los pies.
Y no sólo en pareja, sino también a solas.
Se recomienda apostar por la calidad más que por la cantidad en el sexo.
Fomentar el contacto físico, los abrazos, los besos, las caricias, los masajes…
Quitar importancia y peso a la penetración y centrarse en el placer y la comunicación afectiva.
A estas edades nos encontramos con muchas personas sin pareja; viudas o separadas, que posiblemente no quieren dejar de disfrutar de una vida sexual.
Por un lado se aconseja socializarse, salir y conocer gente, hacer nuevos amig@s y no cerrarse a la posibilidad de una nueva relación sexual o afectiva.
Por otro, y aún teniendo pareja, es adecuado a todas las edades fomentar la autosatisfacción, tratando de conocer el propio cuerpo (todo él), masajeando y estimulando zonas sensibles.
Este “automimo” mejora mucho la autoestima y permite no renunciar a una vida sexual plena en ninguna de las fases de nuestra vida.