La migración es un acontecimiento vital, subjetivo.
La migración constituye una de las experiencias vitales que moviliza más cambios.
El proceso migratorio lleva a un sujeto inscrito en una cultura a otro destino cultural, implica otras pautas, medios y métodos de comunicación.
Los cambios son de movilidad vertical y horizontal, los primeros incumben a los elementos socio-económico-culturales, y los segundos a los cambios en el sentido geográfico, implicando modificaciones en el ámbito de la actividad.
Para determinar una migración se precisa diferenciar entre lo que se necesita y lo que se rechaza, además de aceptar el duelo que conlleva pérdidas varias.
Se precipitarán sentimientos de nostalgia y deseos de acceder a logros, lo cual implica admitir la capacidad de alcanzarlos bajo la disposición de nuevas pautas culturales y lingüísticas.
La resolución del proceso migratorio va a estar vinculado a los recursos subjetivos, desde la capacidad de abordar la soledad, pasando por el abordaje de las separaciones o el afrontamiento de las pérdidas, así como el reconocimiento de su realidad y sus capacidades de inventar nuevos intereses y vínculos.
La separación de los seres queridos siempre es difícil porque también conlleva separación.
La necesidad de elaborar el duelo por las pérdidas afecta a todos aquellos que inician un proceso migratorio, las características de esta elaboración son propias, relacionado con la manera que se expresa el duelo en cada cultura.
Las pérdidas relacionadas se sustentan en los objetos que dejó con su partida, de lo que perdió de sí mismo en esa pérdida, de lo que se perdió en lo no vivido que esperaba encontrar y con los que había fantaseado, y, también, de lo que perdió de sí mismo con lo vivido.
La existencia del duelo mal elaborado previamente dificulta o impide la elaboración del duelo migratorio.
El migrante por su parte elaborará de cómo hacer para inscribirse, de hacerse un lugar en ese medio, el migrante afronta una nueva operación de alienación que conlleva qué tipo de objeto es para lo nuevo, el lugar que se le ofrece, de las expectativas que hay sobre él, etc.
En el nuevo destino, emerge de forma potente la soledad que precipitará la vivencia de desamparo.
El migrante puede encontrar algunas vías de salida, ofrecerse a los otros sin restricciones, ofreciéndose como objeto deseable o como medio para encontrar él mismo hospitalidad.
Otra de las vías posibles es el retorno.
En el campo de la psicopatología, la afectación del migrante es la triada conformada por la depresión, fenómenos psicosomáticos y la paranoia, la somatización es la expresión de la insuficiencia elaborativa del duelo migratorio.
Esta sintomatología se desencadena por la ruptura del equilibrio narcisista, ansiedades y dolor por la pérdida de objetos y lugares que le fueron propios, temores al rechazo por el otro social, y ansiedades psicóticas debidos a la ausencia de soportes identificatorios conocidos.
La migración adquiere un valor de potencial traumático, sustentado por acontecimientos concretos que conformarán una situación de crisis.
La resolución del proceso migratorio va a estar vinculado a los recursos subjetivos, desde la capacidad de abordar la soledad, pasando por el abordaje de las separaciones o el afrontamiento de las pérdidas, así como el reconocimiento de su realidad y sus capacidades de inventar nuevos intereses y vínculos.
La sociedad de acogida, más allá de los beneficios de la migración, también tendrá que afrontar pérdidas por los cambios que conlleva.