Así, niños y niñas de 10 a 12 años, piensan que las mujeres son débiles, emotivas, afectuosas… mientras que los hombres son ambiciosos, asertivos, agresivos…
La autora señala además cómo los hombres también sufren presiones para ajustarse al rol de género correspondiente.
En la infancia y adolescencia se critican fuertemente las transgresiones de los roles, especialmente las cometidas por un niño.
Otros autores como Arconada y Royo recuerdan que el modelo hegemónico de la masculinidad y los comportamientos y actitudes que conlleva demuestran que esta forma de ejercer masculinidad se puede convertir en un factor de riesgo para la salud de mujeres y hombres.
La necesidad de afirmarse como hombres a través de un severo autocontrol emocional, de la asunción de riesgos, de la violencia, de una sexualidad compulsiva y dominante, limita las capacidades del hombre y es causa de muchos problemas.
El modelo patriarcal en que se basa nuestra sociedad también nos afecta a la hora de diferenciar los espacios propios de cada género, no por su capacidad, ni por sus conocimientos, sino por ser mujeres u hombres.
Es importante que conozcamos las implicaciones que conllevan la existencia de estos roles diferenciados para aumentar nuestra conciencia de género, es decir, el reconocimiento de la desigualdad entre hombres y mujeres.
Esta desigualdad se traduce en limitaciones para ambos géneros.
Las mujeres sufrimos distintas formas de discriminación y violencia.
Los hombres se pierden aspectos fundamentales de su vida afectiva y emocional.
En definitiva, hombres y mujeres salimos perdiendo.
Solamente cuando superemos estos modelos tradicionales de masculinidad y feminidad podremos construirnos como personas libres y autónomas.