Cuando a tu si no hay no y te crees en posesión de la verdad, sin pensar que lo que tú dices o crees, sólo es tu punto de vista. Cuando en una conversación, no practicas la escucha activa, sino que esperas a hablar preparando tu respuesta, que ha de ser más contundente que el planteamiento del interlocutor. Así, tienes la falsa sensación de que has ganado el debate, aunque probablemente no te hayas enterado bien de lo que te quería transmitir la otra persona.
Cuando dices que practicas las habilidades de comunicación y no eres capaz de ponerte en el lugar del otro. Cuando dices que no puedes controlar esa discusión porque estás seguro de que el otro es el culpable y, además, te pone malo con sus razonamientos.
Cuando levantas la voz más de lo necesario en cualquier comunicación, tratando de imponer tu criterio no a razones, sino a voces. Cuando utilizas un lenguaje gestual duro, hosco, frío, distante, que para nada facilita que el mensaje oral sea comprendido y compartido.
Cuando no eres capaz de separar opiniones contrapuestas en alguna cuestión, de otras situaciones personales. Puedes discrepar en algo, pero intenta dejar eso a un lado y sigue teniendo una buena relación de pareja, de amigos, laboral,…
Cuando en la educación de tus hijos piensas que siempre tienes razón por el hecho de ser adulto, aunque muchas veces los niños nos saquen los colores con su coherencia y sentido común.
En fin, que ser emocionable y emotivo no es lo mismo que tener Inteligencia Emocional. Mucha gente practica la emocionabilidad pero de una manera radical, y la IE está más en consonancia con el equilibrio, la flexibilidad, la apertura, la comprensión, la humildad, la empatía… cualidades todas ellas importantísimas para mejorar nuestras relaciones, nuestra convivencia y nuestra forma de estar en el mundo.