La serenidad es poder ver las cosas desde una isla en equilibrio y paz, para poder actuar mejor, decidir con mayor acierto y regular dimensiones como el miedo o la ansiedad. Tener serenidad ante cada circunstancia vital nos otorga esa combinación perfecta que va de la calma a la reflexión, de la paz interna a la prudencia.
Más que una actitud es una competencia que adquirimos con el tiempo, con esa sabiduría meditada que llega con la experiencia.
La clave está en centrarse en lo que sí está bajo el control de uno mismo y que puede mediar en nuestro destino.
Uno llega a tener serenidad con el paso del tiempo y a raíz del aprendizaje obtenido con la experiencia.
Pero no pensemos que esta competencia se asume cuando uno ya es un anciano.
Este enfoque relajado, centrado y capaz de mirar al mundo a través de la calma, puede adquirirse a cualquier edad.
Solo se requiere trabajar en el autoconocimiento y la capacidad de autocontrol.
Ambas dimensiones tienen mucho que ver con la inteligencia emocional.
El autoconocimiento nos ayuda a despertar nuestra conciencia y con ella, esa claridad interna en la que germina el sosiego, esa calma desde la cual mirar el mundo de forma más contemplativa.
Para concluir, para tener serenidad en el día a día solo tenemos una opción: practicarla, comprometernos en ella.
Entrenar este enfoque lleva tiempo porque implica gestionar emociones, controlar pensamientos, reducir el estrés… Pero puede lograrse e incluso contagiar a otros de su maravilloso influjo.