Aprender a priorizar es vital saber identificar qué cosas de las que nos pasan importan y cuáles no, darles a cada una su lugar y saber asignarles un grado objetivo de importancia. Saber qué nos hace sentir mal e intentar no perder la calma en esos momentos, es la mejor herramienta para que la próxima vez todo nos afecte menos. Algo tan básico como escribir en un papel aquello que nos entristece o asusta, es un ejercicio totalmente sanador porque nos hace sacar fuera lo malo y nos ofrece una perspectiva que no nos da la introspección. La rueda de la vida no para de girar y va a empujarnos, en incontables ocasiones, a ser flexibles, a abandonar nuestras zonas de confort y a adaptarnos a los cambios. No es que debamos vivir sin preocupaciones, pero a todos esos pensamientos negativos que nos abordan hay que dedicarles el tiempo justo y hacerlo como un hábito. Todo se verá más claro tras esos instantes de reflexión. Hay que evitar montarse películas, todo suele ser mucho peor en nuestras cabezas que en la realidad y es algo absurdo sufrir por cosas que no han pasado y no sabemos ni siquiera si pasarán. Tener una actividad física habitual es una vía extraordinaria para mantener el equilibrio emocional. De hecho, en momentos de tensión o confusión, es buena idea hacer una sesión de ejercicios, o simplemente salir a caminar a buen paso. El cambio es inmediato y notorio. Tomar conciencia de lo que nos rodea y nos regala la madre tierra y formar parte de eso desde el respeto, es vital para llenar de paz el espíritu. Simplificar es la base de todo, no es más feliz el que más tiene si no el que menos necesita. Regalemos lo que no usamos, deshazgámonos de aquello que no sea imprescindible, busquemos métodos para hacer más en menos tiempo, en resumen, volvamos a lo básico. Dejémonos llevar, dejémonos ser y pensemos menos en las consecuencias.