Existen algunos indicios que pueden ir agravándose conforme avanza la relación en una escalada de toxicidad. Sentimientos de malestar, cada encuentro se convierte en una discusión. Una parte encuentra muy difícil hacer aquello que desea o tomar cualquier decisión, porque la otra es excesivamente dominante. A pesar de que la relación no funciona, estos problemas se normalizan. Dependencia emocional, la persona dependiente no concibe su vida sin esa pareja o sin esa amistad. Se aferra a la relación, sin imaginar una existencia independiente. Conflictos continuos, las discusiones se multiplican y la relación acaba dominada por la ira.
Falta de comunicación, no existe respeto a las opiniones, ni interés en escuchar. Se ridiculiza y se llega a humillar en público al otro. Celos y culpabilidad, no hay que confundir los celos con el amor, los celos no son muestras de afecto ni significan preocupación, solo buscan un control exclusivo. Control, sobre todo tecnológico, en una relación tóxica, una parte quiere conocerlo todo sobre la otra.
Luz de gas, consiste en negar siempre lo que la otra persona dice, se ignoran todas las percepciones, se ponen en duda cosas que ha visto o recuerda, con el pretexto de que son absurdas. Violencia psicológica, es la parte más invisible y sutil, la manipulación emocional resulta muy difícil de detectar desde fuera, por parte del entorno. Sin embargo, implica que la relación ha entrado de lleno en el ámbito de los malos tratos.
Violencia física o sexual, en las primeras fases se pueden arrojar objetos, dar portazos, gritar, empujar, pellizcar, después se llega a otras agresiones graves, produciendo lesiones que requieren atención médica. Apretar el “botón rojo” de alerta sirve para que otras personas puedan intervenir y ayudar a tomar conciencia del problema. Es importante detectar una relación tóxica lo antes posible para, a continuación, adoptar una actitud de afrontamiento. Una vez identificadas las conductas disfuncionales, es necesario combatirlas con ayuda profesional.