Aceptar que los amigos van cambiando a medida que nos hacemos mayores puede no ser tarea fácil. Aceptar estos cambios como parte de la vida también nos abren las puertas a nuevas amistades, nuevas oportunidades y nuevas vivencias. Piénsalo: ¿esto es realmente nuevo para ti? Si lo intentas ver con retrospectiva, y con la mente un poco fría, te darás cuenta de que seguramente la pérdida de esa amistad se ha ido produciendo con los años. No hay culpables: soltar la rabia y la culpa. Recuerda que en esta situación no hay culpables y tampoco buenos o malos. Tan solo es la vida, con sus circunstancias, que va pasando. Agradecer lo vivido. Al experimentar una pérdida, en este caso, la pérdida de una amistad, a veces nos sentimos como si este cambio en nuestra vida cambiara también cómo ha sido esta amistad. Aparcar el orgullo y retomar el contacto. Por otro lado, recuerda que las amistades se deben cuidar. Y a veces “no está todo perdido”; con esto nos referimos a que, si te apetece y así lo sientes, también puedes retomar el contacto con esas amistades con las que te has distanciado. Haz esa llamada, envía ese WhatsApp. Sincérate. Puede que te hayan dolido ciertas situaciones o este distanciamiento. Puede que estés decepcionado con tu amigo o amiga. Abre tu corazón y aléjate del orgullo: ¿qué sientes? ¿Puede más el orgullo o el amor por esa amistad? Hacer el proceso de duelo. Cuando las amistades cambian, o se “pierden”, y cuando no lo podemos (o queremos) cambiar, estamos en realidad ante un proceso de duelo. Es una pérdida, un cambio radical (o no tan radical) en nuestra realidad. Por ello, seamos consciente de que estamos en un proceso de duelo y no nos resistamos a ello. Aprender a vivir nuevas realidades y despedirnos de amigos que han sido muy importantes para nosotros no es fácil. Pero es necesario para sanar y volver a conectar con nuestra vida presente, la única que existe ahora.