La tertulia es sagrada.
Las amigas de verdad no chismean, solo tienen “debates profundos” sobre la vida y el amor.
Compartir lo que pasa a nuestro alrededor es como terapia de grupo, pero con risas.
Responde los mensajes… al menos una vez por semana.
Entendemos que la vida va a mil por hora, pero si tardas tanto en contestar, tu amiga va a pensar que te has unido a una secta de meditación silenciosa en el Tíbet o que te fuiste a vivir al Amazonas sin cobertura.
Comparte el postre, pero no la última cucharada.
Las buenas amigas te comparten su drama, su rímel… pero no la última cucharada del brownie con helado.
Juntas, os apuntáis a El Club de Las Creídas
Las amigas de verdad no chismean, se celebran.
Planificar juntas el viaje de amigas que NUNCA haréis.
Pueden pasar años hablando del viaje a París, y no importa si nunca se concreta.
Lo valioso es el subidón de emoción que les da organizarlo una y otra vez.
Usa su ropa sin pedir permiso y devuélvela.
Solo las verdaderas amigas se intercambian ropa con la confianza de que probablemente no la volverán a ver en meses.
Reclama su sofá como tuyo.
Las amigas no necesitan invitación formal.
Si llegas a su casa, te pones cómoda y le robas su manta favorita, ya eres oficialmente parte del mobiliario.
No te rías demasiado de sus dramas amorosos hasta que pase el tiempo suficiente.
Primero consuélala como una amiga decente, pero, meses después, es tu deber recordarle las tonterías que dijo, con mucho amor, claro.
Sé su cheerleader, pero realista.
Apoyas todos sus sueños, pero si se le ocurre abrir un negocio de croquetas en plena crisis económica, hay que decirle: “Amiga, te adoro, cari, vamos a pensarlo juntas un poco más”.
Y cuando todo falle, invítala a una copa.
Si alguna vez hay un malentendido, todo se soluciona con una buena copa de vino y una conversación sincera.
Porque, al final del día, las amigas se reconcilian como las diosas que son: con vino en la mano y drama en el corazón.