La autoexigencia parece ser un mal de esta época, o al menos así lo ven algunos filósofos contemporáneos como Byung Chul Han. Ahora uno se explota a sí mismo figurándose que se está realizando, ya no es la antigua filosofía del “deber hacer” una cosa sino la del “poder hacerla”. Se vive con la angustia de no hacer siempre todo lo que se puede, y si no se triunfa, es culpa suya. Esta autoexigencia se puede dar de dos formas, la primera es desde el perfeccionismo que tiene que ver con estándares muy altos los cuales son internalizados y no se modifican por las expectativas de los demás. La segunda forma de autoexigencia puede darse por la búsqueda de aceptación, o en otras palabras porque se atribuye una importancia excesiva a la aprobación o reconocimiento a expensas de las propias necesidades.
Estas autoexigencias casi siempre suelen ser formas de compensar la sensación o vergüenza por ser imperfecto, pero también, aunque menos frecuente es porque las personas autoexigentes simplemente fueron educadas para buscar aprobación social o bajo estándares muy altos de exigencia siendo esta una autoexigencia que empieza como externa pero tarde o temprano se convierte en exigencia extrema internalizada.
La gente que padece de autoexigencia tiene mucho que hacer y poco tiempo para ello, por tanto, suelen sentirse agotados, aunque no lo manifiesten exteriormente. No se permiten disfrutar o descansar pues esto es “perder el tiempo”. Otra característica de la autoexigencia extrema es la rigidez del pensamiento que no sale del “debería de” o “tendría que”. Las personas con alta autoexigencia tienen mucha ansiedad al fracaso, también es común el hipercriticismo a uno mismo y los demás, por esto mismo es difícil vivir con personas autoexigentes ya que “nunca nada está bien” para ellos y por tanto es común la irritabilidad y competitividad.