El odio hacia la familia encierra por sí mismo una gran contradicción.
Implica, de un modo u otro, odiarse a uno mismo.
Genética y socialmente somos parte integral de ese núcleo familiar, por lo que hay un punto en que somos indivisibles de este.
Pese a esto, el sentimiento de falta de amor y de rechazo por el grupo familiar es algo que experimentan muchas personas.
Corresponde a una actitud adolescente que, sin embargo, persiste en muchos adultos.
Este núcleo no es como la persona quiere y para ella esta es una razón suficiente para reiterarle su cariño.
Es usual que el odio hacia la familia surja porque la persona experimente que esta le ha fallado de una manera grave, o que fue la fuente de un grave maltrato sufrido.
La familia le falla a la persona cuando genera grandes expectativas que después no cumple, cuando deja de atender algún aspecto básico del desarrollo o cuando implementa una educación incoherente, en la que se dice algo y se hace otra cosa muy diferente.
Odiar a la familia y adorar a los extraños es una expresión de un conflicto adolescente sin resolver.