La motivación por alcanzar una meta y la incapacidad para lograrlo son los elementos clave para entender esta emoción.
Fue Abram Amsel en 1992 quien desarrolló la 'Teoría de la frustración' y definió esta emoción como el estado del organismo que se desencadena cuando un sujeto experimenta una devaluación sorpresiva en la calidad o cantidad de un reforzador apetitivo en presencia de señales previamente asociadas a un reforzador de mayor magnitud.
Así es, una de las características fundamentales en la comprensión de este fenómeno es el papel de las expectativas de refuerzo.
Los individuos construyen expectativas más o menos realistas del objetivo que quieren conseguir o la necesidad que desean satisfacer.
Sin embargo, cuando estas creencias son difícilmente alcanzables dado el contexto o dependen de factores sobre los que no se posee control, el grado de frustración irá en aumento y con ello, sus consecuencias, entre las que se ha encontrado las conductas agresivas e impulsivas, el abuso de sustancias, problemas para concentrarse o conciliar el sueño y afecciones a nivel inmunológico y cardíaco.
Por eso, ¿si queremos evitar la frustración debemos evitar las expectativas, ni mucho menos.
Las expectativas son aprendidas en un contexto y su seguimiento nos sirve para adaptarnos a nuestro ambiente, sin embargo, cuando el cumplimiento de tales reglas nos acarrea un sufrimiento intenso y nos impide seguir con nuestra vida con normalidad, es importante ponerlas en duda y ajustarlas a nuestras condiciones y capacidades.
Por tanto, el entrenamiento en tolerancia a la frustración pasará, inevitablemente, por desarrollar la capacidad de aceptar la discrepancia entre lo ideal y lo real y hacerle hueco al malestar.