Para afrontar los episodios de miedo nocturno, lo mejor es comenzar por prevenirlos.
En este sentido, podemos seguir algunas pautas generales en tres aspectos.
Higiene del sueño.
En primer lugar, tenemos las recomendaciones habituales para lograr una buena higiene de sueño.
Todo aquello que ayude a dormirse con más facilidad y reduzca la posibilidad de despertarse en medio de la noche disminuirá los momentos en los que se pueden sentir miedo.
Es beneficioso tener una rutina familiar antes de que los niños se vayan a la cama, con actividades tranquilas como leer, cantar o contar historias, reduciendo el uso de tecnologías como tabletas y televisión.
Además, practicar durante el día actividad física y al aire libre, evitando el sedentarismo, favorecerá la necesidad de descanso.
En segundo lugar, se debe hacer un control de estímulos y del entorno.
Habría que evitar tener objetos en el dormitorio que puedan parecer figuras amenazantes en la penumbra (por ejemplo, un perchero) y, aunque pueda parecer evidente, evitar la exposición a contenidos que generen miedo o contenidos adultos, especialmente en las horas antes de ir a dormir.
Por último, son beneficiosas las estrategias generales de educación emocional.
Al fin y al cabo, el miedo es también una emoción que debemos aprender a regular.
Ayudar a entender las emociones, ponerles nombre, expresarlas y hablar abiertamente de los sentimientos favorecerá que nuestros hijos nos transmitan cómo se sienten.
El hecho de que nos expresen esos miedos es preferible frente a que no sientan la confianza para hablar de ello, o que les ignoremos o neguemos cómo se sienten.