La introspección podemos irla incorporando a nuestra vida según la vamos viviendo. Es algo incompatible con vivir acelerados y sin tiempo para pensar antes de actuar. Es una forma de vivir conectados a nosotros mismos, de ir sabiendo lo que nos provoca eso que vamos viviendo, y conectar con nuestro interior.
La mente tiene la capacidad reflexiva para ser consciente de sus propios estados, de ahí parte la introspección.
Nos permite conocernos mejor, analizándonos a nosotros mismos para poder interpretar nuestras ideas y emociones.
Hacemos referencia a lo que se conoce en Psicología como capacidad de insight, que consiste en tomar conciencia de lo que ocurre en el interior de uno mismo, con cierto grado de tolerancia hacia lo que uno observa, incluso cuando resulta doloroso.
En este sentido, la autocrítica es básica: tenemos que mirarnos con el objetivo de comprender qué cosas conviene cambiar.
No es cuestión de autoculparse sino de comprender para poder avanzar.
Observando y conectando con lo que sentimos comenzaremos a verificar nuestro estado interno.
De esta forma, podremos llevar la atención a la situación de una forma más adecuada que si nos dejáramos llevar por el impulso inicial.
Nuestra práctica de la introspección comienza por el acto de prestarse atención, de escucharse.
Ante cualquier situación que se nos presente o donde nos encontremos inmersos, en lugar de precipitarnos, sería recomendable que nos detuviéramos un momento y examináramos nuestro interior.
Es muy importante cada día detenerse en el camino, parar física y mentalmente, para conectar con nosotros.
Da igual dónde nos encontremos o qué estemos haciendo, lo importante es dirigir la atención hacia nosotros, hacia nuestro ser y nuestra esencia para conectar con el silencio y comenzar a escucharnos.
Así, nos convertiremos en observadores desapegados de las situaciones externas.