El feminismo tuvo un efecto de onda de agua que afortunadamente se propagó a todas las esferas posibles de la vida, entre ellas el área de atención psicológica donde las desigualdades de género eran tangibles en cada enfoque y escuela de la época. Fue en 1970 que se creó la Asociación de Mujeres en Psicología, la cual comenzó con investigaciones enfocadas a esclarecer los retos psicosociales así como las situaciones injustas, desgarradoras y confusas a las que se enfrenta cualquier mujer. Para la siguiente década ya era posible encontrar teorías feministas que aportaron los conceptos clave de la que se conoce como metodología de la terapia feminista. Con mano firme y valiente, psicólogas como Virginia Satir, Mary Ainsworth y Laura Posner-Perls plantearon la importancia de considerar las diferentes esferas de interacción individual y social que las mujeres tenían y evidenciar así muchas conductas que eran catalogadas como “normales” por parte de los psicólogos varones. Ahora bien, así como puedes encontrar diferentes enfoques psicológicos que usan sus teorías para plantear formas en las cuales tratar diversos temas, la terapia feminista también se define por cuatro escuelas principales que son: Feminismo Liberal, Feminismo Socialista, Feminismo Cultural y Feminismo Radical. La terapia no es automáticamente feminista porque tu terapeuta sea mujer, la terapia feminista es porque la terapeuta ha estudiado e integrado a su vida y a su práctica profesional las herramientas que propone el posicionamiento feminista. Retomamos las palabras de Alejandra Kollontai, política y feminista marxista, cuando declaraba que “lo personal es político” nos permite recordar ir más allá del diagnóstico clínico como medida de control a través de la señalación y la etiqueta. Es así que en el espacio terapéutico feminista acompañamos a las mujeres a resignificar, validar y deconstruir los efectos del patriarcado sobre sus vidas. Si decides iniciar un proceso terapéutico feminista seguramente se hará la invitación a que cuestionemos juntas las creencias “normalizadas” sobre nuestros deberes, poderes, capacidades y posibilidades como mujer. El acompañamiento también te guiará en el redescubrimiento de tu capacidad de agencia, a cómo vivir sin caer constantemente en la revictimización y cómo retomar el lugar que deseas en la sociedad y en cada esfera en la que te desenvuelves.