La musicoterapia establece un espacio de comunicación que permite favorecer tanto la introspección como la extroversión. La musicoterapia se sirve del inmenso flujo de señales electromagnéticas y químicas que las distintas combinaciones de elementos musicales producen en el cuerpo, en la mente y en el alma para ayudar a las personas.
Al desarrollar tratamientos personalizados, la musicoterapia da respuesta a las necesidades particulares de cada persona, ajustando los tiempos de exposición, los lenguajes musicales y los recursos sonoros. Sus objetivos son terapéuticos y buscan un beneficio concreto, medible y razonable.
La musicoterapia tiene influencia controlada, entre otros, sobre la motricidad, la memoria, la atención, la creatividad, la verbalización, la potenciación de los sentidos, la propiocepción, la reducción de estrés y la ansiedad, la estimulación cerebral, el sistema inmune y los ritmos biológicos.
La música genera respuestas inconscientes e inmediatas. No necesitamos ser conscientes de su presencia, aunque el impacto aumenta cuando además reconocemos las memorias que despierta, las sensaciones y los significados. Los musicoterapeutas se sirven de la melodía, la armonía, los timbres o los ritmos como si de una paleta de colores se tratara. Según los objetivos terapéuticos que cada persona necesite alcanzar y del modelo de sesión diseñado para ello, se emplean unos recursos u otros, desde sonoridades muy simples y elementales a conjuntos sonoros más complejos y elaborados. La participación en sesiones de musicoterapia implica un trabajo creativo y expresivo, a través del cual se produce un desarrollo de la capacidad simbólica en la que las personas logran autoafirmarse, auto reconocerse y potenciar su vitalidad.