Las relaciones entre personas de culturas/países/religiones/nacionalidades diferentes son más complejas aún no solo porque se van a enfrentar a los problemas típicos de cualquier pareja, sino porque los diferentes valores culturales, creencias, lenguas, objetivos, expectativas, costumbres,… que cada miembro posee pueden ser fuente constante de malentendidos y de problemas y van a requerir de un nivel de consideración, reflexión, negociación y habilidades mayor para poder llegar a entenderse.
Incluso, el conjunto de ideas, expectativas, deseos y modelos aprendidos determinados acerca de cómo ha de ser una relación de pareja no siempre van a coincidir.
La pareja ha de aprender a comunicarse de forma clara y evitar malentendidos así como mantener un compromiso real por ambas partes de trabajar constantemente por alcanzar acuerdos y crear un clima dónde ambos puedan ser honestos el uno con el otro; un clima donde se permita la diversidad, y al mismo tiempo dónde cada uno esté preparado para cambiar y adaptarse por voluntad propia y no por imposición.
Negociación, flexibilidad cognitiva, respeto, comprensión y empatía se convierten en requisitos indispensables para que la relación funcione, regalando a cambio un enriquecimiento cultural y personal que, de otra forma quizá, no se adquiriría jamás.
Cualquier relación supone un proceso de adaptación mutua.
No se trata de que uno cambie para adoptar la forma del otro, sino de que ambos se amolden sin perder jamás de vista su esencia.
En parejas en las que las culturas y formas de vida son diferentes esto se hace aún más evidente.