Cuando la familia no ayuda en momentos difíciles solo cabe una salida, aceptar su decisión.
De ese modo, merman aún más nuestros recursos psicológicos a la hora de afrontar esas dificultades personales.
Es decir que lejos de favorecer la seguridad y la felicidad y de nutrir a los suyos en valías, recortan potenciales y originan heridas.
Así, si hay algo que como adultos sabemos bien, es que el propio hecho de madurar requiere cortar ese cordón umbilical de la unidad familiar para realizarnos.
No obstante, hay familias que, en lugar de apoyar, pueden hundirnos más aún.
Lo hacen con su desánimo, con la proyección de la culpa, con la infravaloración e incluso con la frialdad emocional.
En momentos de dificultad más que ayuda, necesitamos sentirnos acompañados.
Cuando afrontamos una dificultad, no siempre necesitamos que quienes nos rodean resuelvan nuestros problemas.
La adversidad no se resuelve en todos los casos con dinero o con recursos materiales.
Tanto es así que el denominador común que impera es el agradecimiento por la compañía.
En ocasiones, puede darse otro tipo de situación igualmente dañina.
Así como hay familias que pueden dejar a los suyos en el abandono, negándoles el apoyo y la cercanía, hay quien sí da el paso y opta por ayudar, pero en realidad lo hace mal.
Son quienes despliegan una serie de actuaciones y recursos que tienden a intensificar aún más el sufrimiento.
Asimismo, conviene recordar un detalle.
Siempre será mejor no contar con la ayuda de alguien a contar con una cercanía claramente patológica.
En momentos de necesidad y dificultad hay que seguir manteniendo una adecuada claridad de miras para saber sobre qué hombro es mejor recostarnos.
Pensemos en ello.
De algún modo, la experiencia ya nos dice quién sí y quién no.
Cada uno trae consigo su recorrido vivido y hay que ser inteligente a la hora de solicitar apoyo.
A veces, encontramos ese soporte valioso en otras personas con quienes no compartimos código genético.