Alguien que está emocionalmente desconectado se comporta con desapego y falta de empatía hacia uno mismo o hacia los demás. Tiende a invalidar o a confundir los sentimientos y demuestra incapacidad para reaccionar y para tomar decisiones coherentes. Esto se debe a que probablemente hayan sufrido experiencias traumáticas que han favorecido esa forma de ser. Se trata de un mecanismo de defensa por el que se reprimen, niegan y bloquean los sentimientos y se impide por sistema que afloren al exterior. Esta actitud puede acarrear a la larga graves problemas de autoestima para la persona, unidos a la imposibilidad de entablar relaciones personales profundas. Esto puede denotar una falta de sensibilidad.
Las personas desconectadas emocionalmente se enfrentan a todo tipo de situaciones con una gran racionalidad. No tiene por qué haber vivido una situación chocante: el sometimiento a la indiferencia o a la hostilidad constante, aunque de manera más velada, puede motivar también la cohibición y negación de sus sentimientos y, en consecuencia, la condena a una profunda soledad. Pueden parecer frías o antipáticas, pues ante cualquier circunstancia personal o ajena, no demuestran la más mínima empatía. Pero eso no quiere decir que no tengan sentimientos. Lo que ocurre es que no saben identificarlos y, por tanto, tienen enormes dificultades para transmitir qué les pasa a los demás. Mostrarán dificultades para establecer vínculos con los demás.