El estrés familiar es el que más suele afectar a la población, después del laboral.
Las relaciones que establecemos con nuestras parejas, hijos y parientes cercanos nos colocan en ocasiones en situaciones muy complejas que no sabemos muy bien cómo abordar.
El hecho de no ser felices, que nos vulneren y que no haya respeto hacia el vínculo establecido puede llegar a ser traumático.
El cansancio emocional tiene como fuente principal el invertir mucho y obtener muy poco a cambio.
A veces, renunciamos a muchas cosas por atender a nuestros padres, por hacer felices a nuestras parejas y por dar lo mejor a nuestros hijos.
Ello es, sin duda, lo correcto.
Ahora bien, si alguna de estas personas nos devuelve estas inversiones con desprecios, malas palabras o egoísmos, nos sentiremos heridos.
Se toleran poco los fallos de los demás.
Hay quien tiene una vista de lince para señalarnos nuestros defectos o nuestros fallos.
Sin embargo, disponen de un arte excepcional para obviar nuestras virtudes o esfuerzos.
Cuando nos olvidamos de las respuestas afectivas y las palabras positivas.
Toda dinámica familiar saludable y feliz debe ser capaz de respetar los espacios personales de todos sus miembros.
Ese bienestar personal, esa libertad, nos ayuda también a invertir en la propia relación familiar.
Compartir tiempo de calidad.
Una forma de combatir el estrés familiar es “desconectar”.
Cambiar de rutinas y romper esos hábitos donde acaba apareciendo el agobio, el cansancio, los reproches y la ansiedad…
¿Cuándo fue la última vez que compartiste tiempo de calidad con los tuyos?
Piensa en ello, intenta hacer cosas nuevas, una excursión, una reunión distendida en el campo…
Romper con las rutinas es, sin duda, una forma estupenda de hacer frente al estrés.