Llegados los 27 años de edad por lo general uno ya ha escogido una forma de vida o está en proceso de búsqueda y actúa su oficio (o su ausencia), su pareja, soltería, su religión, su vida en sociedad, su forma de ver la vida. Uno puede estar actuando su vida y en el fondo no encontrarle sentido y sentir que la está viviendo por inercia, confundiendo el sentido real con el ideal (por lo general introyectado). Bajo mi punto de vista, por experiencia de vivencia personal y también de tratarlo a menudo en la práctica clínica, me doy cuenta que la edad de los 27 años es especialmente sensible a este tema. Es como si a esta edad le urgiera orientarse hacia un sentido de la vida más real, pidiendo que se dé un proceso de individuación en la persona que le permita definir más auténticamente el lugar que ocupa. Representa un paso hacia la conquista del ser donde parece que solamente con tener un rol de trabajador, de inquilino, propietario, marido, mujer, novio, novia, madre, padre, jugador de baloncesto, aficionado a la cocina japonesa, perdido en la vida, ganador, etc., no colma la experiencia global del ser como individuo, no satisface en muchos casos la necesidad de sentirse uno parte en el mundo con un sentido propio. La pregunta íntima podría ser: ¿qué me motiva realmente en la vida?. Tal vez uno no está capacitado para saber cuál es su misión en la vida (a veces uno nunca lo sabe) y no se trata tanto de obtener respuestas como de reconocer qué le hace a uno sentir bien y mal: placeres, hábitos, tendencias, qué de todo esto pertenece a un deseo íntimo y qué pertenece a la inercia. Personalmente creo que muchas de las crisis poderosas e incluso muertes de jóvenes a esta edad (el ya apodado club de los 27 a raíz de muertes de jóvenes famosos, como la reciente fallecida cantante de soul Amy Winhouse), ya sea por suicidio directo, consumo de drogas, incluso enfermedades a veces, son la consecuencia de una desesperación profunda que tiene que ver con estar poco conectado con los deseos sinceros de uno y sustituirlos por deseos vanidosos, por cumplir ciertos roles, por imponernos tareas forzadas.