Los sentimientos de soledad, tristeza y vacío que origina no duran para siempre si se siguen los pasos adecuados.
Este sentimiento de malestar y soledad nace en los padres cuando uno o más hijos se van de casa, ya sea para ir a estudiar a la universidad o para emanciparse.
Afecta a quienes tienen hijos u otras personas a su cargo pero, sobre todo, a madres.
Las personas que lo padecen suelen ser dependientes, han dedicado toda su vida a los hijos, se ven a sí mismas sin ningún objetivo, obligación o utilidad una vez que los hijos abandonan el hogar;
tienen pocas aficiones y, por norma general, no trabajan fuera de casa.
Los sentimientos que afloran son varios: se sienten solos, tristes, inútiles, angustiados y con cierto nivel de ansiedad.
Pueden, incluso, padecer trastornos del sueño, como insomnio o frecuentes despertares nocturnos.
Su autoestima se puede ver afectada y, en algunos casos, desarrollan síntomas asociados a la depresión, como la fatiga o la falta de concentración.
Aunque las principales señales son psicológicas, también pueden experimentar dolores de estómago, dificultades en la digestión o dolores de espalda.
Afecta más cuanto mayor es la sensación de soledad, lo que implica que la permanencia de un hijo o más en el hogar familiar puede aliviar un tanto los síntomas.
No obstante, estos no son más acusados si se van más hijos, o menos si se queda alguno en casa, sino que depende del vínculo y dedicación que los padres hayan tenido con cada uno de ellos.
Puede que esos lazos y entrega hayan sido muy estrechos con sólo uno de ellos.
En ese caso, aunque quede uno o más hijos en casa, la persona puede padecer los mismos síntomas si el que se va es el que se había protegido más.
En cambio, los que han sido más independientes durante años, no dejan tras de sí tantos síntomas del síndrome.