No hay que olvidar, por otro lado, que la duración del duelo tiene que ver con una decisión personal. Casi siempre hay momento en el proceso de duelo, y especialmente en terapia, en el que el paciente debe averiguar si quiere seguir estando en duelo o no. No está en nuestras manos decidir cuándo morirán nuestros seres queridos, pero sí lo está decidir si se consulta o no a un especialista, si se acude o no puntualmente a las sesiones, o qué hacer con las cosas que pertenecían al fallecido. Este hecho, que la continuidad del duelo dependa de nuestra decisión, permite recobrar en cierta medida la sensación de control que se pierde con la muerte de un ser querido, porque el duelo está trufado de pequeñas y grandes decisiones, de cuyo resultado depende que el duelo progrese o se enquiste. Así que, en rigor, conviene aclarar que los plazos de duración del duelo son meramente orientativos y que no podemos saber exactamente cuánto dura, ya que esto depende enormemente de la decisión que adopte cada uno.
En los tanatorios o funerales resulta muy frecuente escuchar la siguiente frase: “No te preocupes, el tiempo lo cura todo”. Asimismo, también es frecuente encontrar a gente que, pasadas décadas desde la muerte de su ser querido, aún no ha elaborado su duelo. Esto sucede porque no es el tiempo lo que disuelve el dolor de forma mágica, sino que es lo que uno haga con su tiempo lo que determina que un duelo se elabore sanamente o no. Lo único que hace el tiempo es poner distancia con el fallecimiento del ser querido. Sin embargo, abandonarse a la esperanza del paso del tiempo suele ser un recurso ineficaz y, en cualquier caso, es una actitud pasiva, propia de alguien que padece una situación, pero no puede hacerle frente.
Llegamos a la última cuestión que planteábamos: “¿Termina alguna vez el duelo?”. Los ritos de paso, los funerales, los homenajes a los muertos y, en general, las celebraciones de todo tipo de sociedades y culturas apuntan en esa dirección. Las ceremonias, los símbolos de la muerte, simbolizan que el duelo tiene un principio y un fin. Un ejemplo de esto es la tradición del luto. Éste duraba un año a lo largo del cual la sociedad trataba con una delicadeza especial a la familia que lo vestía: se perdonaban o se aplazaban deudas, y la comunidad sabía que la familia necesitaba respeto y comprensión. Era una señal de tristeza, de pérdida. Pasado el año, la familia abandonaba el luto y, a partir de ese momento, la vida continuaba, al menos exteriormente.