Lo principal es no perder la calma. Hay que actuar con celeridad, pero sin precipitación, porque puede ocurrir que al actuar atolondradamente la situación empeore en lugar de mejorar. Comprobar el estado general de la persona: si está consciente y si presenta alguna herida sangrante, contusión o fractura. En el caso de que esté consciente, hablar con ella y observar si está desorientada o no. Si se encuentran otras personas en el lugar, solicitar su ayuda. Si la persona no tiene dolor, se le ayudará a que se levante muy despacio. En ningún momento se le debe ayudar tirando de sus brazos. La mejor manera para hacerlo es invitarle a que se ponga boca abajo y apoye las rodillas y los codos en el suelo. Seguidamente, procurar que se incorpore hasta ponerse de rodillas. Después, podrá levantarse agarrándose a algún objeto firme o mueble, o apoyándose en la pared o en nosotros mismos. Hacer que se siente y darle un poco de agua para que se tranquilice. Comprobar ya con más tranquilidad que no está desorientada y revisar otra vez si tiene alguna clase de lesión. En los siguientes casos: La persona, en algún momento, ha perdido el conocimiento o está desorientada. Siente dolor al intentar incorporarse o presenta una deformidad llamativa en alguna extremidad. Está sangrando por la herida que se ha producido, o por la nariz, la boca o los oídos. Tiene nauseas o vómitos o una inhabitual somnolencia. Respira con dificultad después de un golpe en el tórax. En cualquier caso, aunque la persona mayor que ha sufrido una caída se encuentre, aparentemente, bien, lo recomendable es acudir al médico para descartar cualquier tipo de lesión interna que se haya podido producir.