No hay que olvidar, por otro lado, que la duración del duelo tiene que ver con una decisión personal.
Casi siempre hay momento en el proceso de duelo, y especialmente en terapia, en el que el paciente debe averiguar si quiere seguir estando en duelo o no.
No está en nuestras manos decidir cuándo morirán nuestros seres queridos, pero sí lo está decidir si se consulta o no a un especialista, si se acude o no puntualmente a las sesiones, o qué hacer con las cosas que pertenecían al fallecido.
Este hecho, que la continuidad del duelo dependa de nuestra decisión, permite recobrar en cierta medida la sensación de control que se pierde con la muerte de un ser querido, porque el duelo está trufado de pequeñas y grandes decisiones, de cuyo resultado depende que el duelo progrese o se enquiste.
Así que, en rigor, conviene aclarar que los plazos de duración del duelo son meramente orientativos y que no podemos saber exactamente cuánto dura, ya que esto depende enormemente de la decisión que adopte cada uno.
Lo único que hace el tiempo es poner distancia con el fallecimiento del ser querido.
Sin embargo, abandonarse a la esperanza del paso del tiempo suele ser un recurso ineficaz y, en cualquier caso, es una actitud pasiva, propia de alguien que padece una situación, pero no puede hacerle frente.
Las ceremonias, los símbolos de la muerte, simbolizan que el duelo tiene un principio y un fin.
Un ejemplo de esto es la tradición del luto.
Éste duraba un año a lo largo del cual la sociedad trataba con una delicadeza especial a la familia que lo vestía: se perdonaban o se aplazaban deudas, y la comunidad sabía que la familia necesitaba respeto y comprensión.
Era una señal de tristeza, de pérdida.
Pasado el año, la familia abandonaba el luto y, a partir de ese momento, la vida continuaba, al menos exteriormente.