No se puede vivir la fe en solitario.
Necesitamos seguir creciendo con los demás, analizar nuestras actuaciones, valores y actitudes, compartir nuestra oración, inquietudes y experiencias de fe, comprometernos con otros en el servicio a los demás.
No se trata solamente de ser miembro de un grupo concreto, sino de pertenecer a una comunidad más amplia que nos enriquece a través de las celebraciones, diálogos y otros actos; y nos abre a los retos y expectativas de la Compañía y de la Iglesia a la que pertenezcamos.
Hoy en día pese a todos los cambios que están apareciendo, la Comunidad sigue siendo una oportunidad privilegiada de vivir la fe en Jesucristo a nivel individual, matrimonial y familiar para muchas personas.
La vida familiar pasa por diversas etapas.
Y cada una de ellas presenta nuevos retos que se afrontan de mejor manera si estamos acompañados por un grupo de referencia.
Para aquellos cuyos hijos se encuentran en la etapa de la adolescencia, la Comunidad puede aportar perspectiva para entender su momento.
Es una etapa de crisis como camino hacia su maduración.
Crisis personal, de búsqueda de identidad y de proyecto de vida y crisis religiosa consecuencia del paso de una fe transmitida en la familia y cuestionada, a veces por el ambiente, a una fe que tiene que hacer suya como experiencia personal.
Una Comunidad puede ayudar más.
Ayudarles a profundizar, clarificar, buscar la verdad, relacionarse con Dios no es solo misión del colegio.
Los valores, las actitudes con los demás, la experiencia de Dios vivida en distintas circunstancias, nuestra postura ante las realidades tan complejas del mundo de hoy son un punto de referencia muy importante para ellos.